La experiencia de un balneario da material para crear, para reflexionar y para descubrir. Leyendo a Vázquez Montalban uno se puede hacer la idea de la creatividad incomparable de este autor, pero en realidad en un balneario hay material de sobra para poner en marcha la imaginación.

En un balneario hay representaciones humanas de diferentes esferas sociales, temperamentos, comunidades e, incluso, nacionalidades, todo mezclado de forma aleatoria.

A cada turno que ingresa se le encuentran características propias aunque nada tengan en común entre sí sus integrantes. Es como algo casual, cada grupo es diferente, sin embargo hay algo que lo identifica como tal.

Lo mismo me ocurría con mis grupos de relajación o radiestesia, al cruzarnos la mirada con los que iban llegando se producía un destello en el que se percibía la afinidad o la divergencia.

La primera impresión nos da una información sutil, indefinida, que indica eso, la afinidad o el distanciamiento

La experiencia de un balneario es una oportunidad especial para poner en marcha la escucha de la intuición y a la vez la observación de nuestros semejantes, para aprender a sentir que somos semejantes, que lo que nos diferencia son nuestras peculiaridades, esas que nos hacen únicos, distintos y dentro de esa variedad conectamos con personas concretas más afines a nosotros.

En mi reciente estancia en un balneario me sentí de nuevo percibiendo el campo interior de las personas; es una experiencia especial. Percibir a las personas sin prejuicios, sin máscaras ni etiquetas. No sabemos quienes son, lo que hacen, a que clase pertenecen. Las percibimos en su esencia.

Sin duda que esta forma de relacionarnos es una asignatura pendiente. La sociedad humana está estructurada, con demasiada frecuencia, sobre valores materiales, valores temporales, finitos.

Los valores intrínsecos de la persona, su naturaleza, su sensibilidad o integridad no son visibles y, a veces, están tan ocultos bajo una apariencia descuidada; y al contrario, otros cuidan su aspecto para ser aceptados socialmente.

Nos ocultamos detrás de máscaras de jovialidad para ocultar la tristeza, máscaras de poder para ocultar el miedo, de firmeza para ocultar la timidez, la inseguridad.

Aprender a descifrar ese lenguaje sutil nos permite abrirnos mentalmente y aprender a conocernos nosotros mismos.

Mirar a nuestros semejantes situándonos de frente y verlos como la réplica de nuestra imagen en un espejo nos permitirá saber más de nosotros y mejorar todo lo mejorable.

En mi libro “Ejercicios para mejorar tu imagen” hablo de  como analizarnos viendo a los demás, sin juzgar, simplemente observar, por ejemplo en el transporte público. Pues bien, hacer esto mismo en una estancia en un balneario es una experiencia única ya que vamos a permanecer varios días juntos en los que compartiremos ejercicios, curas,  comidas, paseos, en los que tendremos la oportunidad para analizarnos, aprender de quienes nos rodean, incluso establecer nuevas relaciones, tal vez fugaces, pero es una oportunidad para salir de nuestra rutina y ver la vida desde otro ángulo.

Esa rutina de siempre los mismos lugares, los mismos actos, las mismas gentes y, como no, estancarse. Adoptar un cambio hacia la quietud que exige el estar sujeto a un lugar y a otra rutina diferente por un tiempo limitado es como un aire fresco que nos revive.

La sociedad actual vive con el pie en el acelerador, necesita movimiento continuo, rapidez en todas las acciones. Después de once meses de trabajo rutinario necesita unas vacaciones rápidas, necesita ir lejos y ver muchas cosas, llenarse de estímulos para volver deprisa a su rutina cotidiana.

La experiencia de un balneario invita a la lentitud, a la observación y al disfrute de placeres sencillos. Es como volver atrás en el tiempo, al tiempo en el que se vivía en contacto con la naturaleza pues aunque en un hotel la vida no se parece en  nada a la vida normal, está lleno de comodidades de una sociedad de consumo, nos posemos sentir desvinculados de tráfago ordinario al sumergirnos en el agua dejándonos llevar a sensaciones vitales; los paseos lentos entre los árboles, pisar la tierra, oler el aire húmedo y fresco lejos de la contaminación.

De esta estancia saco una razón más para insistir en la necesidad de volver la vista atrás. A esta sociedad se le está yendo la vida en las prisas, la exigencia de competitividad, la creación de necesidades falsas fomentando el consumo de lo que sea, pero consumir.

La experiencia del balneario nos permite comprobar que para vivir satisfactoriamente hacen falta pocas cosas.